Qué sorpresa es descubrir que Epigmenio Ibarra no sabe cómo habla la gente pobre.
Si la producción de esta serie hubiera estado en mis manos, no se la habría encargado a Argos.

Las mentes detrás de la novela favorita de mi mamá.

Las mentes detrás de la novela favorita de mi mamá.

La dirección se la habría dejado a Martin Scorsese. El guión, a Vince Gilligan, con el mismo equipo con el que escribió Breaking Bad y una colaboración especial de Quentin Tarantino, para los diálogos. A Lourdes Ruiz, la reina del albur, en lugar de ponerla a actuar, la habría contratado como asesora cultural; y la fotografía se la habría dejado a Emmanuel Lubezki, con la orden explícita de que le baje a sus tomas de naturaleza.

Sin tanto porno de árboles, The Revenant habría durado quince minutos.

Sin tanto porno de árboles, The Revenant habría durado quince minutos.

No sé, si pudiera, reviviría a Stanley Kubrick y dejaría esta serie a merced de su obsesiva atención por el detalle, porque esta telenovela política no es la serie que México se merece pero sí la que necesita, con desesperación.

¿Por qué México «necesita» una serie?

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Vivimos tiempos excesivamente románticos. Los sentimientos, la opinión y el instinto se volvieron autoridad. No sólo es la música y el cine, infinitos catálogos de gente que idealiza sus ganas de coger; también en el discurso público prevalecen los argumentos que nos hacen sentir, sobre los que nos hacen pensar. Eso pasa cuando los niños educados con Princesas Disney alcanzan la edad de votar.
Nuestra guapísima pareja presidencial es el resultado de ese culto a la ignorancia del que nos advertía Isaac Asimov:

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«… la falsa noción de que la democracia significa ‘mi ignorancia es tan buena como tu conocimiento'»

Pues este culto ganó, fue exportado y se calcificó. Hoy no sólo desconfiamos de la razón, le tememos, la despreciamos por chaira.
En esta incansable búsqueda de la felicidad que hemos incorporado a nuestras rutinas diarias, no podemos encontrarnos con datos duros sobre la situación del país porque, ¿quién se cree este pinche chairo para venir a recordarme que las condiciones para la felicidad, si existen, son frágiles y pasajeras?
Esa emoción con la que todos los mexicanos, de todos los colores y todas las clases sociales, salimos a protestar contra los asesinatos de Ayotzinapa, ya se desvaneció. Hoy, si alguien nos recuerda que de ellos no hemos encontrado más que huesos y mentiras; en el mejor de los casos, lo ignoramos. En el peor, lo borramos de Facebook. Córtalas por siquiera insinuar que hay metas más nobles y reales que la felicidad.

Memes: los argumentos de nuestra generación.

Memes: los argumentos de nuestra generación.

¿Has entrado al Twitter de Epigmenio Ibarra? Él aún hace el conteo de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa todos los días, en vano y sin respuesta. Pinche cansador, porque ni se te ocurra protestar si no tienes una sonrisa en el rostro.

Es más vergonzoso hacerle caso a los intelectuales en la nómina del PRI.

Es más vergonzoso hacerle caso a los intelectuales en la nómina del PRI.

Por eso necesitamos series como Ingobernable. En estos tiempos románticos es cuando más debemos poner a prueba el verdadero poder del arte.

¿Qué utilidad puede tener el… ugh, arte?

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La SEP y Zona MACO nos han enseñado que el arte no otra función que como lubricante para las chaquetas mentales de los artistas.
Antes de que reverenciáramos bacinicas y OROXXO’s, las funciones del arte eran tan obvias que nadie se las cuestionaba. Si mañana una vanguardia sexual se pone a construir dildos punzocortantes y las sex shops más prestigiosas del mundo comienzan a exhibirlos y subastarlos en precios exorbitantes, en cincuenta años podríamos encontrarnos frente a un pene de hierro, con picos y ganchos, cubierto de papel de lija, preguntándonos «¿para qué chingados sirve un dildo?» mientras fingimos entender, para no vernos ignorantes.

"Este dildo es una deconstrucción de las formas clásicas, a partir de la exploración de materiales, para cuestionarnos por qué hacemos dildos."

«Este dildo es una deconstrucción de las formas clásicas, a partir de la exploración de materiales, para cuestionarnos por qué hacemos dildos.»

Una de las funciones más importantes del arte, antes del romanticismo, antes de la idea del arte por el arte mismo, era, como decía Hegel, «hacer las ideas atractivas a los sentidos.» Esta idea del arte nos pone incómodos porque vivimos en tiempos románticos y porque es muy fácil cruzar la línea que lo separa de la propaganda.

"Toma eso, sucio comunista."

«Toma eso, sucio comunista.»

Pero, en una cultura obsesionada con sus propias emociones, esta función del arte puede causar un gran impacto en la sociedad. Hoy tememos a los regímenes autoritarios gracias a 1984, todos buscamos a nuestra princesa / príncipe azul por culpa de Disney y sabemos que «la venganza no es buena / mata el alma y la envenena» por influencia del Chavo del Ocho. Bueno, hasta yo estoy tratando de espolvorearle unos chistes a esta tragedia cultural con tal de que ustedes, amados lectores, no me abandonen para irse a ver pinches memes.

¿Y qué tiene que ver Hegel con Ingobernable?

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Un pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla y, pinche México, ni siquiera ve las noticias.
La humanidad está corriendo por un camino muy peligroso y lo que hagamos en la próxima década nos definirá como especie. Para no irme más lejos, en 2018 cosecharemos la crisis política que cultivamos durante décadas al votar por «el menos peor».

¿Cómo, peor?

Luego de varias rondas, te quedas con el peor.

Las elecciones de 2018 serán históricas. No sólo se renuevan la presidencia, el Senado y la Cámara de Diputados; también se decidirá la gobernatura de 30 estados de la república. Con un presidente al que no quiere ni su mamá, un país en guerra no declarada contra sí mismo y una Ley de Seguridad Interior que legaliza el espionaje y la tortura; México puede ir en cualquier dirección. 2018 puede ser el año del cambio o el de la dictadura. Las elecciones del Estado de México serán un buen pronóstico de lo que vendrá.

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Por eso es tan importante Ingobernable.

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Quiero rescatar esta escena del cuarto capítulo, en la que Epigmenio Ibarra tiene los huevos de homenajear a los 43 de Ayotzinapa y decirlo así, con todas sus palabras, «vivos se los llevaron y vivos los queremos.» Un presidente menos repudiado y pusilánime ya le habría puesto una calentadita, por hocicón. Por suerte Quique también ve Netflix.

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En esta escena, un sicario secuestra a la primera dama para exigirle que le regrese a su hermana. Ella era La Mosca, una boxeadora invicta que fue secuestrada por militares durante un operativo en Tepito. El sicario le pregunta «¿dónde está mi hermana?» pero la primera dama no sabe. ¿Y cómo va a saber? Ella no cavó las fosas.
Pero la respuesta no es suficiente para el sicario, que entonces baja el arma y se tira de rodillas a llorar como un niño. Entre lágrimas le ruega a la primera dama que le regrese a su hermana, como si aún estuviera en su poder.

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Porque el arte, bien hecho, también es un gran ejercicio de la empatía.
Desde estas torres de marfil en las que perseguimos la felicidad a toda costa, se nos olvida que el sufrimiento de esta gente es real y no conoce de razón. Porque es bien pinche fácil decir que «ya chole con tus quejas, seguro ya están muertos» y olvidar que todos y cada uno de esos 43 estudiantes eran el orgullo y la esperanza de sus padres, de sus familias, de campesinos que esperaban una vida mejor y vieron en sus muertes la brutalidad y la indiferencia del Estado.
A huevo, fue el Estado y los que me digan chairo se merecen todos los horrores que el cinismo de unos y la corrupción de otros nos deparan.

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Aquí es donde un mejor guionista y un mejor director habrían retratado la verdadera complejidad de una tragedia sin héroes ni villanos, donde todos son víctimas.
Un antihéroe como Frank Underwood, más cercano a la realidad, habría admitido que sin querer puso a sus tropas en una situación donde debían matar o morir y que hasta a él le sorprendió el resultado. Que sin querer cruzó esa delgada línea entre la incompetencia y el crimen.
Tal vez Vince Gilligan habría logrado explicarnos que, cuando el presidente dice que «no se levanta pensando en cómo joder al país» lo que no dice es que sí se levanta pensando cómo defender los intereses a los que les debe la presidencia, y que a veces estos intereses pesan mucho más que los del país.
Que a veces es imposible no joder al país.
Para eso sirve el arte, para atacar a los sentidos cuando nadie escucha a la razón. Para no olvidar la historia y entender a los que la vivieron.
O como dijo Ricardo Castillo, en esa lectura que dio en algún festival de poesía, «Porque vivos se los llevaron y vivos los queremos, aunque ya estén muertos.»