Un cuento de Roberto Reyes Ramírez

En búsqueda de una verdadera literatura policiaca. Migala encontró escritores policias. Con el apoyo de Dení Sobrevilla pudimos localizar y publicar a los ganadores del certamen «Letras en Guardia», concursos y talleres de literatura para policías, que organizó Juan Hernández Luna. Acá el primer lugar de cuento:

Lento, demasiado lento… mirando a través de la ventanilla hacia las calles desiertas, intentando disolver la oscuridad que lo cubre todo, queriendo entender cientos de cosas y desentendiendo miles a la vez; otra noche de rutina, otra noche de ronda… vigilancia lenta y minuciosa desde el vehículo oficial. Aún se respira en esta negrura la pólvora, el miedo, la sangre de la balacera de hace siete días, aún se escuchan las palabras de condolencias, todavía se pueden ver los reconocimientos post-mortem, aún en su mente revolotean tantas contradicciones, tantos sentimientos diferentes combaten en su pecho. No, no es sólo la muerte de Benítez, —tal vez el peor policía que ha conocido—, ni es la ideología tan carente de ética con que siempre se manejaba. Tampoco es el hecho de que a pesar de sus irreconciliables diferencias él insistiera tanto en llamarlo “amigo”. Tal vez es la forma en que se va tejiendo el destino, la manera tan abrupta en que uno es arrancado de la vida, el azar que juega con nosotros de las formas más extrañas e impredecibles, la estupidez de premiar a un tipo que por casualidad se encuentra en medio de un enfrentamiento mortal y que por estar en pésimas condiciones físicas se ve sorprendido por un arma, y más tarde por un reconocimiento… o quizás, sólo quizás, siente celos de un muerto, celos del héroe Benítez, el siempre corrupto héroe Benítez. Lento, demasiado lento… adentrándose en la madrugada.

—Está muy callado, jefe…

La voz casi infantil de Osorio lo arrebata de sus divagaciones, mira su rostro y no puede dejar de pensar que quizás también es él, el casi novato con muy poca malicia y demasiadas esperanzas… con la edad de su hijo. Su hijo, su esposa… quizás también son ellos.

—Hace mucho frío, Pedro.

—Sí, jefe, bastante… ¿a qué hora nos reuniremos con el “Zarco”?

—Una hora más temprano. Están muy alerta desde la balacera, ya sabes cómo es esto…

—Pobre del jefe Benítez, tan alegre que era…

—Sí, era una persona jovial, demasiado jovial, diría yo.

—Mire que estar en ese lugar y en ese instante… eso sí es tener mala suerte.

Su voz aumentó de tono y convicción al preguntar:

—¿Tú que hubieras hecho, Pedro?

—No lo sé. Lo mismo que el jefe Benítez, supongo.

—¿Engordar y perder reflejos de una manera tan estúpida?

—Bueno, no. Eso no, claro… pero sí actuar de la manera en que lo hizo antes de morir.

—¿Sabes cómo sucedió la balacera?

—No, ¿y usted?

—Algo me contaron al respecto. Dime, Pedro: ¿crees que Benítez actuó de forma heroica?

—Pues, en cierto modo creo que sí… ¿no lo cree usted, jefe?

—Vamos por un café, hace mucho frío.

Las llantas giraban casi imperceptiblemente en el asfalto, perdidas en el silencio de la noche, sólo las voces de la frecuencia policial acompañaban a la voz de su pensamiento… la cabeza comenzaba a molestarle, ¿culpar al recuerdo de Benítez?, ¿o culpar a su familia, su siempre leal —y carente de lo esencial— familia? Tal vez lo mejor sería culparse a sí mismo, hombre próximo a retirarse, siempre íntegro y comprometido con su trabajo, siempre leal a la institución; ¿ha servido de algo? No existe duda en su corazón, es sólo que a veces… a veces, por instantes, pareciera que todo es i-nútil, que todo está en caos y nada se salva de ser corrompido. Pareciera que nada importa, sólo la oscuridad que los rodea y el sabor cálido del café.

Amigo… siendo realista ni siquiera él mismo sabía lo que significaba ser un “verdadero amigo”, siempre tan distinto a la mayoría de los policías, frecuentemente en problemas por querer hacer las cosas de la manera “correcta”, y sin embargo, Benítez lo consideraba un amigo… ¿cómo un hombre como Benítez podía saber lo que significaba la amistad?, ¿de qué forma un hombre como él podía mostrarle el camino correcto a un novato como Osorio?

—Hay distintas maneras de vivir… y también de morir, no se necesita haber vivido como héroe para morir como héroe, prueba de ello es Benítez.

—No entiendo, jefe…

—Es simple, cualquiera puede volverse héroe gracias a la casualidad, pero a mi parecer los verdaderos héroes hacen lo correcto todos los días, se dedican de corazón a mejorar las cosas y no dependen de la suerte para salir adelante, el verdadero héroe hace siempre lo correcto, sólo sabe hacer lo correcto…

—¿Como usted, jefe?

Ni siquiera se detuvo a pensar si la pregunta había sido con intenciones de burla. Su respuesta lo deprimió aún más:

—No, no como yo… supongo que un héroe jamás tiene dudas y es feliz con lo que hace.

—Pues quizás también hay distintos tipos de héroe, ¿no, jefe?

—Sí, puede ser que así sea…

—Quizás el jefe Benítez fue héroe de un solo instante.

—Si es así, entonces uno debe decidir si se quiere ser héroe en todo momento o sólo unos instantes… aunque para como están las cosas, creo que el resultado es el mismo.

—A usted no le agradaba el jefe Benítez, ¿verdad?

No sabía la respuesta correcta, ni la respuesta que hubiera agradado a Osorio. Prefirió guardar silencio mientras continuaba analizando qué le tenía tan perturbado esa noche: vida, familia, profesión, la muerte de su “amigo”, Osorio, la vigilancia nocturna… todo giraba en su mente provocándole una pesadumbre en el cuerpo, una sensación amarga en los labios, una profunda tristeza que no sabía explicar qué era ni de donde venía.

La radio comenzaba a alertar de un altercado a unas cuantas manzanas de distancia. Osorio escuchaba atento la frecuencia policial mientras guiaba el vehículo mecánicamente, la monotonía de sus manos en el volante distraía la mirada de Garnica, no así su mente, que saltaba de asunto en asunto, de pendiente en pendiente. La radio parecía tan lejana y tan poco importante en esos momentos, todo lo llenaba este debate en su corazón, esta inquietud que aún no tenía sentido… miró el rostro de Osorio y se recordó a sí mismo a esa edad, recién egresado de la Academia. Recordó vagamente los consejos que le daban sus superiores, consejos malos, la mayoría sobre cómo ser corrupto sin ser descubierto, pero también los hubo buenos, aunque en muy escasa medida. ¿En qué momento eligió este camino?, ¿gracias a quién?… hacía tanto tiempo de eso que no pudo evitar suspirar ahora que estaba tan próximo el retiro. Sintió que tal vez no bastaba con haber hecho siempre lo correcto, tal vez había que dejar algo más, sembrar, hacer un poco más…

—Él era mi amigo… creo que en el fondo lo que me molesta es que se haya descuidado tanto.

—Tal vez ahora estaría vivo, eso es lo que usted piensa, ¿no es así?

—Sí, pero él jamás hubiera seguido un consejo mío. Lo hubieras conocido de más joven, era fuerte y ágil, pero eligió el camino que casi todos terminan eligiendo.

—Un camino que al final lo llevó al heroísmo involuntario…

—Sí, al final tuvo la suerte que muy pocos tienen.

—Y usted, jefe Garnica, ¿qué camino eligió usted?

En la radio se escuchó un llamado a las unidades cercanas, se trataba de un enfrentamiento con asaltantes… más grave de lo que un principio se creía. La alerta los hizo desatender la conversación, Osorio aceleró y se adentró por la calles rápidamente, manejando casi por instinto, sus mentes se preparaban para cualquier situación que estuviera esperándolos. Garnica respiraba dificultosamente… durante la noche se había sentido inquieto, ahora sabía con exactitud cuál era el verdadero motivo, ahora podía dejarse llevar por esas calles hasta el lugar del conflicto, nervioso, agitado, con el corazón a punto de saltarle del uniforme, pero convencido de lo que estaba haciendo, convencido de cuál debía ser el final de su carrera y —por encima de cualquier otra cosa— convencido de que amaba a su familia y amaba ser policía; a lo lejos pudieron ver el sitio del enfrentamiento, fue entonces que, casi inconscientemente, Garnica miró a Osorio con la misma intensidad con la que miraba a su hijo:

—Dentro de poco tiempo me retiraré, así que la verdadera pregunta no es qué camino elegí, sino qué camino vas a elegir tú, muchacho…

La unidad se estacionó y ambos policías des-cendieron.

Frente a la entrada del hospital estaban su hijo y su esposa, junto al taxi que los llevaría a casa. Habían pasado quince días desde la noche del enfrentamiento, los recuerdos habían aparecido de manera muy lenta en su mente, poco a poco fue reconstruyendo casi todo lo que había sucedido. Periodistas lo asediaron para que diera testimonio de los hechos. Todos se fueron decepcionados porque sus recuerdos y su ánimo no le daban para mucho, ahora todo comenzaba a quedar atrás. Abrazó y besó a su familia, para después abordar el taxi, que comenzó a perderse entre las calles cercanas al hospital.

—En la televisión dicen que ustedes son héroes, papá.

La voz de su hijo lo arrebató de sus pensamientos.

—Yo no soy un héroe. Él es el verdadero héroe… dio su vida por mí, se interpuso entre las

ráfagas de los delincuentes y yo.

Después, mirando a su esposa:

—Recuerdo que estaba agonizando, recostado en la calle. Recuerdo que me sonreía y susurraba algo…

—¿Y es un héroe porque murió, papá?

Mirando a su hijo con una intensidad apenas aprendida, tocó su mejilla de seis años y, sintiendo los ojos humedecidos, Pedro Osorio le respondió:

—El jefe Garnica no se volvió héroe al dar su vida por la mía. Él era un héroe porque hacía lo correcto… y un verdadero héroe sólo sabe hacer lo correcto.

Fue entonces que recordó las palabras que el jefe Garnica le susurraba en su lecho de muerte:

“sembrar, hacer un poco más…”