Corrección de estilo: Beatriz Marrodán

Escribí este ensayo con motivo de la inauguración de la primera expo en Pared. Tendremos la obra de Sergio Suárez del 1 de julio al 1 de agosto en www.pared.space, vayan a echarle un ojo antes de que la quitemos. Para no hacer un ensayo del ensayo, dejaré unas fotos de la obra, el ensayo, y me iré no sin antes repetir las palabras de Sergio: «Y si fallo en traducir la disolución dell ser. Tal vez en su búsqueda nos encontremos.»

As a revelation, time presents itself, obra de Sergio Suárez, grabado en madera expuesto como monolito.

La invención del tiempo

He pasado las últimas tres semanas preparando el montaje de la primera exposición en Pared. Desde que conocí la obra, luego cuando revisé las fotografías y, hasta ahora, que terminé de reconstruirla con código para web, las ideas en torno suyo se han encontrado con recuerdos de lecturas y con nuevas preguntas. Creo que puedo, si no esclarecer, al menos, plantear o hablar acerca de lo que sucede en el grabado, cómo sucede y qué consecuencias tiene.

La obra que nos congrega ahora, de Sergio Suárez, Como una revelación, el tiempo se presenta a sí mismo (As a revelation, time presents itself), es un monolito compuesto por cuatro paneles de grabado en madera,  dispuestos de tal forma que el espectador deberá recorrer circularmente el monolito para figurarse la idea completa de la obra, para reconstruirla.

Será mucho más conveniente que ceda mi espacio a Igor Stravinsky, a quien debo una de las más interesantes reflexiones acerca de la música y del sentido de crear: “La música es el único dominio en que el hombre realiza el presente. Por imperfección de su naturaleza, el hombre mira transcurrir el tiempo –en sus categorías de pasado y de porvenir– sin jamás poder tornar real, y por consiguiente, estable, lo del presente”. Y enseguida: “El fenómeno de la música nos ha sido dado para el solo fin de instruir un orden en las cosas, comprendido en ello y sobre todo un orden entre el ‘hombre’ y el ‘tiempo’. Para que se realice, exige, pues necesaria y únicamente una construcción. Una vez la construcción realizada y, alcanzado el orden, todo está hecho”.

El fragmento de su libro Chronique de ma vie es por demás interesante, primero, porque adjudica la emoción estética de la escucha musical al sentido de orden recreado en el espectador, lo que nos remite a la revelación de que habla Aristóteles; segundo, porque esclarece la virtud del músico: un constructor del tiempo.

Igor Stravinsky dotaba  principalmente a la música de la capacidad reordenadora, antónimo del caos, como Friedrich Hegel ponderó a la poesía como la cumbre del arte en su momento. Sergio Suárez ahora trae a cuenta el grabado y, de igual forma, podría pensarse que lo logra la pintura, la danza (léanse por ejemplo los ensayos de Paul Valery al respecto de la danza), la arquitectura (Wolfgang von Goethe afirmaba que era música petrificada), etcétera.  

¿A qué nos remite esta recurrencia, esta necesidad de recrear el tiempo, de ordenar lo aparentemente disperso? Comparten este objetivo los filósofos materialistas presocráticos, hallando en el agua, en el fuego, en el átomo, el origen del cambio; o Publio Ovidio en sus Metamorfosis. Recordemos la lírica introducción de Rubén Bonifaz Nuño a su traducción del poeta latino:

“Móvil todo como un pantano sin término; cambiante todo sin tregua, cayendo imparable de una apariencia en otra; víctima de una apariencia siempre distinta a la que tuvo hace menos que un instante, sujeto al tiempo, presa de un espacio que no posee, hierve y se revuelve el mundo que contempla el poeta empavorecido: el mundo que lo envuelve y lo cohíbe.

Nada hay seguro, en nada se puede hallar un centro cierto donde apoyarse; en donde, como sobre una roca a la mitad de un mar de tormenta, ponerse a salvo del remolino despiadado de la incesante variación”.

En el centro del vórtice, el sujeto intenta explicarse el mundo que lo rodea, quizá para hallar la roca de dónde asirse; sobrevivir gracias a las profecías, quizás sea el don más grande que la conciencia le diera al hombre prehistórico. Para explicar la realidad, hilar los sucesos pasados con los futuros, se inventó el mito; al unir un hecho anterior con uno venidero, se inventó el tiempo, y poco a poco fueron desapareciendo las acciones inconexas, para estar ahora en un espacio multicausal, multicausado.  

Así, la creación, inicialmente profética y posteriormente artística (y quizás profética aún), confiere al sujeto la balsa que le permita sobrellevar las tempestades y le regala la eternidad en el recuerdo del relato, como afirma Borges en una conferencia sobre las pesadillas: “Traigamos a cuenta a J.W. Dunne, An experiment with time. Cada uno de nosotros poseemos una suerte de modesta eternidad cada noche. Esta noche dormiremos, soñaremos, digamos, con el miércoles, y con el día siguiente… es decir, a cada hombre le está dado, durante el sueño, una pequeña eternidad personal, que le permite ver el pasado cercano y el porvenir cercano. Ahora, todo esto el soñador lo ve en un solo vistazo, del mismo modo que Dios ve todo lo que sucede. Al despertar, sucede que, como estamos acostumbrados a la vida sucesiva, damos a nuestro sueño una forma narrativa sucesiva, pero nuestro sueño ha sido múltiple, ha sido simultáneo. Vamos a suponer que yo sueño, demos un ejemplo muy simple, con la imagen de un hombre, inmediatamente después, la imagen de un árbol. Al despertar yo puedo pensar que he soñado con un hombre que se convierte en un árbol, es decir, que ya estoy fabulando respecto al sueño”.

De la profunda inteligencia de las líneas anteriores podemos extraer dos cosas en claro: uno, fabulamos respecto a nuestras observaciones; dos, y quizás lo más trágico, nuestras fábulas, por serlo, son falibles. Para Ovidio, cuando Laura reza a los dioses para huir de Apolo, su cuerpo se transforma en un árbol, como el hombre del sueño de Borges. A diferencia de la idea de Dios, que puede verlo todo y, además, comprenderlo, nosotros, en el relato, acaso podemos ver una parte del todo o un todo a la vez y con suerte, comprenderlo.

Esto me lleva necesariamente a la segunda idea respecto al grabado de Sergio Suárez: una vez recorrido el monolito y restaurado el tiempo que contiene su relato, ¿qué hay acerca de las figuras que lo habitan? ¿Qué con los hombres y árboles, con las esferas, los cielos y la arquitectura?

Fragmentos y dispersión superpuestos. Distintos relatos coexisten en el mismo panel. Cada relato, con su espacio diegético propio (topografía y tiempo). Como sucede en la pintura de Neo Rauch, el signo del espacio posmoderno es la simultaneidad, la dispersión; la individualización, en términos de Lipovetsky.

¿Qué sucede entonces con la capacidad de reunir el pasado con el porvenir para entender la realidad? Conforme la realidad es más compleja, el sujeto queda a merced de un rompecabezas que no puede resolver. Los actores del cambio ya no son visibles: la agresión que causa la herida, la tempestad que mueve al mundo, la caricia que cura el dolor. Mucho menos son aprehensibles con los nuevos instrumentos: ¿con qué microscopio medirá el sujeto actual los efectos de la bolsa de valores en su vida cotidiana? ¿Qué relación va a encontrar entre la precariedad del trabajo y la violencia a su género o raza? Y, más aún, si se han desarticulado sistemáticamente las estrategias de educación integral y laica, en privilegio de los prejuicios.

Como una revelación, el tiempo se presenta a sí mismo. El monolito de Sergio Suárez es un mapa del caos; cada herida de la gubia en la madera, un síntoma detectado. Pienso en las estelas mayas, en sus basamentos piramidales. Esos grandes indicadores de dónde sale el Sol, de por qué el mundo se halla en sus circunstancias actuales. Así la obra de Sergio Suárez, quien descree de la virtud del grabador como un mero ilustrador, y lo sitúa como un creador de mitos, un creador del tiempo; y, va más allá, al forzar al espectador a recorrer su monolito y a reunirse junto con sus coetáneos en torno a él para desentrañar, como en torno a un antiquísimo fuego, el estratagema que nos constriñe.