La moral y las buenas conciencias dicen que sólo hay dos géneros: mujer y hombre. O como dice la señora:

Argumento creyente muy estupido.

Varón y hombre los hizo dios … #HumorAteoHace tiempo se organizo un viaje en el Metro de la Ciudad de México sin pantalones donde cientos de personas se subieron al Metro en ropa interior como parte de la iniciativa Improv Everywhere que organiza eventos similares en otras ciudades del mundo. La mayoría de las personas vio este evento con curiosidad pero no faltaron el par de señoras argüenderas que se sintieron ofendidas e invocaron “la palabra de Dios” con argumentos incoherentes y otras delicias que les van a arrancar una sonrisa.Fritos Rock

Posted by Vídeos Ateos on Wednesday, April 23, 2014

Es un error muy común confundir sexo y género. El sexo es biológico: lo que traigas en el pantalón, tu cromosomas, todo eso. El género, en cambio, se refiere a las construcciones culturales, sociales y psicológicas que imponemos sobre las diferencias biológicas del sexo. Es más como un empleo o un papel en una obra de teatro.

Mira a tu alrededor y trata de identificar a hombres y mujeres. Tal vez creas que lo haces basándote en características fisiológicas, pero los detalles más obvios son roles del género, el cosplay que traigan puesto: la ropa, el pelo, el maquillaje y la actitud.

Los genes no determinan que las mujeres deban llevar el pelo largo y los hombres nos vistamos de la chingada, es educación. No somos una hoja en blanco, pero tampoco somos un cuaderno azul y rosa. Más bien tenemos un arcoíris que va del masculino al femenino, la mayoría de nosotros cae entre estos dos extremos.


Sí, nuestro género está profundamente ligado con nuestra sexualidad, pero seamos honestos, para el ser humano, el sexo es mucho más que simple reproducción.

Para el resto de los animales, somos una especie de pervertidos: Entre hombres y mujeres de 25 a 44 años, 98% ha tenido sexo Pro Vida, o sea, genital y heterosexual; 90% ha tenido sexo oral, 44% ha tenido sexo anal y 12% ha tenido sexo homosexual. Para la edad de 24, uno de cada tres tendrá al menos una enfermedad sexual. Frente a estos números, el resto de las especies parecen un montón de monjas panistas.

No sólo somos una especie ninfómana, además somos pinches raros. Tu tío católico dirá que el sexo homosexual es antinatura, pero dile que se fije bien, toda la humanidad es antinatura: Para empezar, somos lampiños. Cosa buena, si me preguntas; cosa mala, si le preguntas a mi ex; cosa rara, según el resto del reino animal.

La mayoría de los mamíferos tienen entre tres y cinco pares de glándulas mamarias, nosotros sólo ocupamos uno. Está bien, es algo que compartimos con el resto de los primates, pero las nuestras además están cubiertas de tejido adiposo y, como caminamos erguidos, toman una posición preeminente en el pecho. ¡Dios bendiga la evolución, las mujeres tienen chichis!

Caminar erguidos es otro rollo: los primeros homínidos seguro se veían como los perros cuando caminan en dos patas, pero nosotros hemos desarrollado al máximo los músculos de los glúteos, que nos ayudan a darle precisión al movimiento de las piernas. ¡Alabado sea Darwin, tenemos nalgas!

Pero luego llega la parte fea. Ahí sí, que me perdonen las uñas pintadas de Bad Bunny, pero me pongo muy panista cuando veo los genitales masculinos. De entrada (no es albur) tenemos los testículos de fuera, expuestos a cualquier vaguillo que les quiera meter un putazo. Y luego está el pene humano, esa como criatura lovecraftiana pero más fea: para empezar, no tiene un hueso, como el resto de los penes, así que la evolución lo tuvo que convertir en un milagro de la ingeniería que se endurece gracias a un mecanismo hidráulico.

Entonces imagínate a un pobre chimpancé observando a dos primates lampiños, con mamas grasosas, muslos deformes y genitales de calamar, discutiendo acerca de qué es normal y qué no.

El reino animal ya no sabe qué pedo.

¿Sabes qué sí es antinatura? La circunsición. Nunca he visto a un rabino quejarse de la extraña costumbre de mutilar el pene de los bebés, simplemente aceptan que su Dios tiene un fetiche por los prepucios y ya.

Pero mira qué chistoso evolucionan los roles de género: esta práctica nació entre los pastores nómadas del medio oriente porque aún no inventaban el jabón y no querían que el nepe se les pudriera de esmegma; luego se popularizó en los Estados Unidos gracias a las prácticas religiosas de los quakeros, que creían que al mutilar el prepucio, los jóvenes disfrutarían menos de la marturbación. Pero oh, ironía de ironías, esta nación puritana se volvió superpotencia y exportó a todo el mundo su industria pornográfica. Para cuando el resto del mundo se puso a hacer porno, el pene sin prepucio ya era un estándar.

Pasa lo mismo con la homofobia: tal vez entre las tiendas de campaña de una tribu del desierto, la supervivencia dependía de la heterosexualidad y de no desperdiciar energía en sexo recreativo que además aumentaba las probabilidades de infección sexual, pero ya tenemos jabón, condones y Grindr, dejen de cortar nuestros prepucios y déjennos hacer con ellos lo que queramos.

Las buenas conciencias actúan como si el sexo existiera sólo para la procreación, y tal vez en las mugrosas faldas del Monte Sinaí así era, pero ya no.

El sexo es mucho más que una tarea reproductiva, es parte de nuestra cultura. Préndele a la radio diez minutos y me como mi sombrero si no escuchas por lo menos una rola de un wey que quiere coger. Pon tu serie favorita de Netflix y verás por lo menos un capítulo con una escena sexual. Es una parte esencial de nuestras vidas: escribimos, hablamos, cantamos, legislamos y nos peleamos en línea acerca del sexo. Nuestra tecnología evoluciona más rápido cuando sirve para ver a otra gente cogiendo.

Cogemos por muchas razones: para crear y romper vínculos, para expresar afecto, para cobrar favores, como herramienta política y económica, como regalo de cumpleaños, para entretenernos, como símbolo de amor y a veces nomás por cotorrear.

En el extremo más oscuro de este arcoíris de actitudes, la sexualidad sirve para controlar y manipular a individuos y sociedades; en el más brillante, sirve para conectar y comunicarnos más allá de las palabras.

Esto sólo es prueba de que, entre menos retos existenciales enfrentamos, más podemos experimentar con nuestros genitales. Para adaptarnos a este panorama sexual en acelerada transformación, debemos inventar nuevas identidades, nuevas formas de definirnos, nuevos géneros… y por eso propongo que los abandonemos antes de que sea demasiado tarde.

Piensa en el pedo que es etiquetar a la comunidad nombre por nombre. Primero tenían las siglas LGBT, que representaba a lesbianas, gays, bisexuales y trasvestis… pero faltaban lxs transexuales, ok. Ah, ¿pero qué hay de lxs transgénero? Pues ahí va, otra T. Entonces salieron los Intersexuales, los queer, los asexuales y cuando el acrónimo amenazaba con convertirse en cuento corto, decidieron mejor ponerle un “+” al final.

Creo que ahí está la clave, en la tolerancia indiferente del +.

Piensa en los cuadros de castas que dibujaban en la Nueva España:

Según estos, el hijo de un español y un indio era un mestizo, el hijo de español y moro era mulato y el hijo de nosequién con nosequién (porque la sabiduría impone límites al conocimiento) era un castizo.

Ah, pero para la siguiente generación, tenías que mezclar seis razas. Entonces el hijo de jíbaro y albarazado te daba un cambujo, el morisco y la española te daban un chino y no se qué pokemones tenías que juntar para que te saliera un saltapatrás… y nueve meses más tarde tienes que combinar 36 razas. Cada generación, el número de variables aumenta exponencialmente, es imposible darle nombre a todas las razas de la humanidad y por eso ya no mantenemos este sistema. ¿O alguien aquí se identifica como castizo? ¿algún saltapatrás que esté leyendo esto? Tengo a un conocido que presume ser “de sangre española” pero él porque es un pelmazo.

Antes de la era de la exploración, de las colonias, la esclavitud y la subyugación de los pueblos por su color de piel, no había razón alguna para prestarle atención. Se hablaba de raza, pero más como un asunto familiar o religioso. Fuera de eso, la gente simplemente aceptaba que unas personas son más güeras que otras y ya.

¿Por qué esa pinche necesidad de etiquetarnos, como si fuéramos definitivos? Creo que es por control, no puedes controlar lo que no has clasificado. Fíjate en los Estados Unidos, un país que tiene al 40% de su población negra en redituable esclavitud bajo el esquema de las prisiones privadas:

El racismo norteamericano un sistema que se organiza solo a través de la identidad del individuo, la gente está obsesionada con su raza porque determina su lugar en la sociedad. Frente al arma de un policía gringo, tu raza es un literal asunto de vida o muerte.

Pasa igual con el género: es un juego bien divertido y nos da identidad, pero también dota al sistema de herramientas para clasificarnos en jerarquías. ¿Mi propuesta? Mandemos a la verga el juego del tirano. Ya nos iba bien sin roles de género cuando éramos cazadores nómadas.

Tu tío Pro Vida dice que la familia es “hombre, mujer y niño” pero hemos experimentado con este modelo durante apenas 12,000 años, desde que se inventó la agricultura, la propiedad privada, el heteropatriarcado y el matrimonio. Antes, durante casi 200 mil años, criábamos a los bebes bajo un bonito sistema apodado “mothers and others”: Cada niño era hijo de la tribu, la madre pasaba más tiempo con el bebé, pero constantemente lo encargaba con otras personas para salir a cazar o elaborar herramientas. Madres luchonas, pues.

No vengo aquí a proponer la abolición de la propiedad privada (aunque sí), mi propuesta es más modesta: Dejemos de ponernos etiquetas porque no alcanzan, necesitaríamos seis mil millones de nombres para clasificar el género de toda la humanidad. Simplemente aceptemos que a algunos vatos les gustan las mujeres pero les prende Maluma, que algunas chavas cogen con güeyes pero prefieren relaciones serias con otras mujeres, y que mucha gente nunca se habría enamorado si no le hubieran contado que tal cosa existía.

Chakas, regios, morros de secundaria, pamboleros, charros y mirreyes, uníos, rechazad vuestras frágiles masculinidades. No tenéis nada que perder más que vuestro Axe Chocolate.

Yo tengo un sueño: sueño con un futuro sin género en el que nadie ve videos de Yuya o comparte memes de La Guía del Varón; donde todos los seres humanos vamos al mismo baño; un futuro donde el maquillaje sea más arte que evidencia de tu lugar en la sociedad; donde toda la ropa sea unisex, donde sí haya tenis chidos de mi talla, donde nadie me diga maricón por pedir una bebida alcohólica que no sepa a mierda y donde los genitales de tu pareja sean a menudo un delicioso Kinder Sorpresa.