Bonita acuarela de Melissa Paredes

Lo que soy, lo que creo que soy, lo que digo que soy, lo que dicen que soy. Estamos en una habitación con espejos que deforman al gusto de quien los hace. Quién soy, primer espejo, lo que yo creo de mí, ya nos enfrenta a un tremendo problema: ¿de dónde recogimos las piedras con que nos construimos? Nadie se crea de la nada. Qué digo de mí, segundo espejo, ¿nuestra identidad depende del contexto en que estamos? Qué dicen de mí, tercer espejo, ¿quién creó esa imagen que dicen que me identifica? Hay diversos agentes en la creación de la identidad: el otro son varios otros, el Estado, los grupos en que estamos, los otros Estados.

«Identidad», palabra de doble filo, rememora al kosmpolita, «el habitante de un cosmos». ¿El cosmos fuera de nuestra conciencia, el cosmos óntico; o la estructura mental de la realidad que habita en nuestra cabeza, el cosmos ontológico? Usualmente, cuando una palabra tiene dos significados así de opuestos, estos son causa-consecuencia uno del otro: me construyo con el todo, reconstruyo al todo, que a todo lo construye y por todos es construido. La identidad parece regirse por la misma estrella.

El viernes 29 de mayo de 2020 hablaremos acerca de la identidad en el podcast de Migala, en youtube.com/migalaxxx. Un día antes de lo que muy pronto será pasado, puedo ver y quisiera esclarecer, para mí y como prólogo de aquella charla, tres instancias de la identidad:

  1. La conciencia de sí.
  2. La expresión de sí.
  3. La conciencia del otro sobre uno.

Distintas son las causas y consecuencias de las instancias, y hay una cuarta de corolario a la escalada (¿o desplazada, descendida?) evolutiva de la conciencia: 4. la conciencia del todo, o la conciencia de uno en todo lo demás.

Nosotros

Hay varias teorías sobre lo que sabemos de nosotros: somos un chispazo desprendido de la divinidad que lleva consigo todo el conocimiento, creía Spinoza, pero lo olvidó, decía Platón, y vaga en la vida recordando, que no aprendiendo. Para los rigvédicos, la red de Indra nos une; para los hindúes, pertenecemos al Brahma. Hijos del maíz o del rayo de Luna, o de la madera. En general las cosmogonías que asumen la existencia de un mundo espiritual, exigen afirmar que todo el conocimiento está preescrito y no hay nada nuevo por conocer. A diferencia de ellos, nosotros los no creyentes observamos la danza de las neuronas, el camino de las hormigas, el fractal del arbusto, y nos descubrimos vacíos, en un mundo pleno, y capaces de llenarnos. En el tiempo sin destino, el de los modernos, cada uno tiene identidad sólo consigo. Sin embargo arrastramos la placenta de la identidad colectiva de los años sin individualidad.

Conocer el mundo, casi cualquier animal puede hacerlo; pero conocernos en el mundo, hacer introspección, es el primer paso para formar una identidad ajena a las razas. Luego, interactuar con el mundo para sobrevivir, también se adjudica a cualquier cosa que se llame viva; pero modificar el mundo a placer, esa capacidad de agencia, es el segundo paso de la identidad, una especie de identidad topográfica. La conciencia del otro, un paso más allá, es la agencia aplicada a otras formas de vida; y luego la empatía y la moral para no excedernos hacia el abuso.

¿Pero qué elementos nos hacen construir nuestra imagen? Más allá de lo que vemos: lo que aprendemos y lo que nos dicen: personas, instituciones e historia.

Nosotros para los otros

Nos descubrimos capaces de reconocernos, de modificar, y de modificar al otro, pero de entenderlo, y de modificar también para el otro. El otro de la misma especie, o de otras especies, de unas que ni siquiera han venido, eso que llaman «la conciencia más elevada». Y qué bueno que tenemos empatía, pues así como tenemos estas capacidades, otros las tienen sobre nosotros. Y si ellos no tienen, o no ejercen la empatía, si se aíslan y nos alejan de su proyecto de futuro, entonces inician los problemas. En lo que el otro diga de nosotros reside la condición para la convivencia. Si somos lo mismo (se halla identidad) para el otro, en necesidades, derechos y deberes, o si somos el otro para el otro. Algunas lenguas tienen dos palabras para la primera persona del plural, un «nosotros» que incluye al oyente, y un «nosotros» que lo excluye. Así, nos encontramos como buscando la tensión entre dos esfuerzos, la del otro por reconocernos, asignarnos su identidad, y la de nosotros por ser reconocidos, asignarnos su identidad. Nos concierne pensar en que ejercemos esfuerzos desde la identidad para que el otro nos incluya en su nosotros.

Los otros para nosotros

La identidad, en una primera instancia conlleva una apariencia física, una percepción en un espacio, pero en seres más complejos se expresa con actividades. La existencia de creadores de identidad implica necesariamente creadores de actividades. Muere por tu patria, vive para viajar (a meses sin intereses), etc. Porque eso eres, y ese que eres, hace lo que debe hacer. El Estado asigna condiciones jurídicas; el Mercado, profesiones; la sociedad, clases; los grupos, roles. Cada uno con su fuerza coercitiva: la violencia judicial, el ostracismo, la segregación. Sólo el individuo que ejerce su capacidad de introspección es capaz de revertir la opresión y convencer educando.

Todos, todo

La identidad de género, o conciencia de género o expresión de género (términos que al final apuntan mas o menos a cómo me dibujo orinando) representa la más grande revolución del último siglo. Quizás revolución sea eso, cambiar la forma de pensar y la de los otros de pensarse. Me entusiasma porque lleva a la humanidad a un mejor sitio, con más introspección y posteriormente la capacidad de desprender los roles de la apariencia de cada quién, y de desprender las actividades de la identidad, poder ir a trabajar sin traje, mear todos como creamos conveniente, y entender que especies, razas, etnias, géneros, grupos,todos volamos juntos en una piedra gigante a cien mil kilómetros por hora hacia el infinito mientras el Sol exista.